Desórdenes urbanos e inmigración en la sociedad francesa actual. ¿Qué relación entre ambos fenómenos?

Juan Matas*

La sociedad francesa tiene ya una larga tradición de inmigración, y ha practicado hacia aquellos inmigrantes que se afincan definitivamente en ella y hacia su descendencia una política de asimilación. Hoy se enfrentan situaciones inéditas y requieren nuevas fórmulas para la buena integración de esta población. Por otra parte, los desórdenes urbanos (que siempre han existido) cobran hoy una importancia que requiere igualmente una respuesta diferente a la que tuvo vigencia hasta ahora.

Aunque no es pertinente relacionar a la población de origen extranjero con el aumento de estos desórdenes, podemos decir que este vínculo se encuentra frecuentemente en los análisis del fenómeno de inseguridad. Creo importante modificar esta percepción, contribuyendo así al vivir juntos y, por ende, a la cohesión social.

Palabras claves: Inmigración - Sociología - Cohesión social.

French society has a long tradition of immigration, and has practised various policies of assimilation towards those of the immigrants who permanently settled in France and their descendants. Today we are confronted to new situations which call for new formulas aiming to a good integration for this population. In other respects, urban disorders, which always existed, are nowadays taking an importance that also calls for reconsideration of the answers that were given until now.

Even if it’s not relevant to connect people of foreign extraction to the raise of these disorders, we can say that the link is often present in the analysis of the insecurity phenomena. I believe it important to modify this perception, as a kind of contribution to a living together, and thus to social cohesion.

Key words: Immigration - Sociology - Social cohesion.

Un siglo y medio de inmigración en Francia

En cierta medida, Francia constituye un caso aparte en lo que respecta a los movimientos migratorios en Europa. Durante varios siglos, ésta fue más bien un continente de emigración, y este fenómeno acompañó a menudo la expansión colonial de dicho continente. Francia comparte, empero, en cierta medida esta tendencia, aunque la magnitud de su emigración fue menor que la de gran parte de sus países vecinos. Estos (excepto Inglaterra, para la cual el proceso comienza también en el siglo XIX) empezaron a convertirse en países de inmigración en la segunda mitad del siglo XX, y algunos sólo en las postrimerías de éste. En Francia, podemos situar el comienzo del movimiento de inmigración a mediados del siglo XIX.

Las razones de esta especificidad son de diversa índole. Podemos atribuir algunas de las más sustanciales a la Revolución Francesa. En efecto, de un punto de vista ideológico, ésta contribuye al desarrollo de un internacionalismo (“los hombres libres del planeta tienen dos patrias, Francia y su país de origen”) que justifica la exportación del modelo revolucionario a Europa y al resto del mundo, pero que asimismo justificará en cierto modo la llegada de población extranjera a este país. Del mismo modo, del punto de vista económico, la Revolución contribuyó sino a crear por lo menos a desarrollar una nueva categoría social, un pequeño campesinado propietario de sus tierras numeroso e influyente, que se mostró menos dispuesto a abandonar sus tierras e hizo menos eficaz que en Alemania o en Inglaterra, por ejemplo, el recurso a una reserva rural de mano de obra para el sector industrial y minero. Igualmente, podemos suponer que el fenómeno demográfico (el tránsito relativamente precoz del período de la transición demográfica al nuevo equilibrio demográfico, característico de las sociedades avanzadas del siglo XX, y la baja subsecuente de la tasa de natalidad) tiene que ver con la existencia de este campesinado de pequeños propietarios y con la disminución de la influencia religiosa en la sociedad post‑revolucionaria. Todo ello contribuyó al desarrollo precoz de la inmigración, a medida que el auge de una industrialización fuertemente consumidora de mano de obra caracterizó a la sociedad francesa de la segunda mitad del siglo XIX.

En efecto, como lo muestra convincentemente Gérard Noiriel, el movimiento migratorio que comienza a desarrollarse en las medianías del siglo XIX conoce un auge importante entre las postrimerías de ese siglo y fines de los años 1920, y el censo de población de 1930 muestra la existencia de más de 3 millones de extranjeros en el país, es decir 7% del total de sus habitantes, aproximadamente (Noiriel; 1988). Para dar una idea de la magnitud del hecho aquí relatado baste con decir que sólo los Estados Unidos atraen más inmigrantes en aquel período y que, actualmente, la población extranjera en Francia no supera el 8%, pese a haber experimentado altibajos desde esas fechas.

Los orígenes de la población extranjera son, en esos años, fundamentalmente los países vecinos, con un énfasis de la inmigración de italianos y de belgas. Ya a comienzos del siglo XX hay también una inmigración de mineros polacos y, durante la Primera Guerra Mundial, llegará (temporalmente, para una gran mayoría de ellos) la llamada inmigración colonial, fundamentalmente de trabajadores argelinos y vietnamitas, llamados para reemplazar en las fábricas a los obreros franceses movilizados por las Fuerzas Armadas. El período que se abre en 1930 y que llega a su término en 1945, con la Liberación de Francia y el fin de la Segunda Guerra Mundial, es de gran heterogeneidad. Entre 1930 y 1935 se viven aún los efectos de la crisis, los años siguientes corresponden al Frente Popular y sus conquistas y movilizaciones sociales, pero también al auge del fascismo y del nazismo y a la Guerra Civil española, luego estalla el conflicto y pronto Francia conocerá la ocupación alemana y el efímero y nefasto Estado de Vichy, símbolo de la colaboración con el invasor y de regresión social. La población extranjera conocerá, como la autóctona por lo demás, horas de esperanza pero sobre todo momentos sombríos, y una parte significativa de ella participará en la Resistencia.

Tras la segunda guerra mundial, bajo la Cuarta República hasta 1958 y luego bajo la Quinta República, habrá un desarrollo económico, frenado en sus primeros años por la existencia de guerras coloniales (la guerra de Indochina, 1945-1954, y la guerra de Argelia, 1954-1962) y de inestabilidad política. La llegada al poder del General De Gaulle permitirá encontrar soluciones a ambos problemas y abrirá un período de crecimiento sostenido que durará hasta comienzos de los años 1970. En las décadas de 1950 y 1960, la inmigración cobra un ritmo cada vez más rápido, para subsanar el problema de escasez de mano de obra, principalmente la menos calificada, permitiendo así en el área laboral un movimiento social ascendente de sectores populares franceses. Los inmigrantes provienen mayoritariamente de países del sur de Europa (Portugal, España e Italia) y de algunas ex-colonias (que a veces aún lo eran en el momento de la inmigración): Argelia, Marruecos, Malí, Alto Volta (hoy, Burkina Faso), Camerún, etc. A comienzos de la década de los setenta, la inmigración intraeuropea es ya minoritaria. Sin embargo, la mayor parte de la inmigración de instalación es aún en esa época de origen europeo; la mayor parte de los inmigrantes de otras regiones geográficas son hombres solos, cuyas familias permanecen en el país de origen y para quienes la estadía en Francia reviste en general un carácter provisorio. No hay que creer, sin embargo, que la conflictualidad en el proceso de integración surge junto con la llegada de una inmigración extra-europea. Estuvo ya presente en los períodos de crisis económica y en los prejuicios que estigmatizaron, en otros tiempos, a italianos, polacos, judíos y muchos otros. Del período que se abre a partir de 1974, y de las transformaciones que éste conlleva, hablaremos más adelante.

A propósito de tres conceptos: inserción, integración, asimilación

Ante nada, una aclaración, muchos especialistas de los movimientos migratorios rechazan hoy el concepto de asimilación, por cuanto conlleva una ideología que les parece heredada del colonialismo y contraria al multiculturalismo. Tomado en ese sentido, comparto sus reservas. Sin embargo, no me satisface reemplazar este término por el de integración, ya que creo no se refieren a una misma realidad. Pienso que es preferible hablar de asimilación pero darle a ésta un contenido diferente que el que pudo tener en un pasado más o menos reciente.

Entendemos por inserción la primera fase de la estadía del migrante en la sociedad en que se instala. Durante este período se produce una adaptación del inmigrante a dicha sociedad, destinada a facilitar sus actividades en ella y a evitar el rechazo o la estigmatización que pueden producir sus hábitos y costumbres, pero el conjunto de las normas y de los valores que rigen su existencia siguen siendo aquellos del ámbito cultural al que pertenece en su sociedad de origen. De algún modo, podemos decir que es la forma mínima de inscripción de un individuo o de un grupo alógeno en una sociedad dada. Estas personas o estos grupos siguen definiéndose a través de una identidad cultural que es aquella de su sociedad natal y su comportamiento sólo se modifica para permitir una adaptación, más bien superficial, en una sociedad extranjera (Matas; 1990). Esta primera etapa es recorrida, en mayor o menor grado, por todos los inmigrantes; aquellos que permanecen más tiempo en la sociedad de acogida entran poco a poco en la fase siguiente.

Para representar la integración, podemos hablar de una etapa intermedia, un mestizaje cultural en que la identidad del individuo y/o del grupo es una mezcla (cuyas proporciones van variando) entre elementos normativos y valóricos de la identidad originaria y otros de la sociedad que lo acoge y el medio cultural en el que está inmerso. Esta fase se instala progresivamente, a medida en que transcurre el tiempo de permanencia en la nueva sociedad, y muchos factores aceleran o frenan este proceso : para muchos inmigrantes llamados de la primera generación, el tránsito hacia la integración apenas llega a realizarse en el tiempo de su existencia y son sus hijos (la segunda generación) que llevarán a cabo la integración y, quizás, la asimilación. Esta última puede también llegar más tarde, con la tercera (o cuarta) generación. Empero, en otras ocasiones la integración llega a un punto bastante avanzado con la “primera generación”, y las siguientes avanzan más rápidamente hacia la asimilación. Mi opinión es, de cualquier modo, que el inmigrante de “primera generación” nunca lleva a cabo la totalidad del proceso.

En cuanto se refiere a la asimilación, designaremos como tal la adopción progresiva y más o menos total de una identidad cultural nueva, la de la sociedad que lo acoge (y que ya es a menudo aquella en que nació) y el medio en el cual se desenvuelve. Notemos, de paso, que este proceso implica algún grado de reciprocidad, en la medida en que el grupo autóctono, por su contacto con los inmigrantes, enriquece su patrimonio cultural aunque no siempre tenga una clara conciencia de ello. Las variantes idiomáticas y las costumbres culinarias nos dan un excelente testimonio de este fenómeno. En la medida en que se producen matrimonios mixtos (todos lo son, por lo demás…) o con el simple paso del tiempo y las generaciones, el proceso cobra cierto carácter de irreversibilidad. Desde luego, en aquellas naciones en que la identidad nacional se confunde con un carácter étnico o religioso, el problema se plantea de manera diferente que en el caso francés, sobre todo desde la Revolución francesa de 1789. La asimilación no parece contradictoria con la pertenencia a una minoría religiosa (véase el caso de la población judía francesa, que forma parte integrante de la sociedad sin renunciar a su especificidad) y, pese a la subsistencia de formas de racismo (pero ¿ qué sociedad está libre de ese virus nefasto ?), el carácter multiétnico de la sociedad francesa, que toma más amplitud con el período de expansión colonial, es indiscutible. El carácter laico y democrático de Francia constituye, desde ese punto de vista, una garantía para las minorías.

Por ahora, no tocaremos sino superficialmente la cuestión de la multiculturalidad, pero es importante subrayar que se trata de combinar esta problemática con aquella de la asimilación, no de enfrentarlas una con otra. Por lo demás, no existe una identidad francesa (ni chilena, ni española, ni japonesa…) sino más bien identidades francesas (chilenas, etc.), con un pequeño común denominador (de mayor solidez en ciertas sociedades, más débil en otras) que permite la subsistencia de un vínculo social, de un sentimiento de afiliación o de pertenencia común a una misma entidad nacional. Durante mucho tiempo, lo que podríamos llamar un jacobinismo dominó el escenario político francés (y el de la mayor parte de las grandes naciones): para Francia, rodeada de enemigos potenciales o reales, la expresión de la diversidad (empezando por la de sus propias regiones) era percibida como una amenaza para su integridad, una quinta columna interna, y esto se reflejaba en su política de asimilación de la población de origen extranjero. En una Europa pacífica y próspera y en un mundo globalizado, con comunicaciones e intercambios cada vez más activos, la situación es muy diferente: la regionalización es prueba de esto, y también el auge del fenómeno asociativo extranjero, en parte alentado por las autoridades (y favorable a la integración, podemos agregar). Es así como cambian el contexto y las modalidades de la asimilación, sin caer en un modelo que superpone minorías ghettoizadas y población mayoritaria, situación que conlleva graves inconvenientes y que, por lo demás, no corresponde a la realidad histórica de la sociedad francesa.

Características actuales de la problemática de la integración

No está demás comenzar por definir los términos a los cuales nos vamos a referir. Una noria migratoria está constituida por individuos, generalmente hombres adultos, que emigran de sus respectivos países por períodos cortos, que eventualmente pueden repetirse, teniendo por meta juntar una cierta cantidad de dinero en el país de acogida, gracias a los mejores niveles de ingreso de dicho país y al ahorro que facilita una existencia frugal. Cuando parten de regreso son reemplazados por nuevos inmigrantes con características similares, dando lugar a un movimiento de rotación de personas pero manteniendo más menos los mismos niveles de inmigración (es decir, de mano de obra) para el país que los recibe. Al lado de este tipo de inmigración siempre ha existido una inmigración llamada de instalación, formada por personas solas o, más a menudo, por familias, que emigran por períodos más largos o definitivamente. El hecho de que esta inmigración tenga un carácter familiar permite pronosticar un alto porcentaje de instalación definitiva, ya que a través de los niños que crecen (a veces también nacen) y se educan en el país de acogida, las perspectivas de regreso, que tienen en general sus padres, van convirtiéndose cada vez más en una ilusión. Desde luego, la noria y la migración de instalación no son tipos impermeables uno al otro; por ejemplo, muchos inmigrantes que comienzan con un proyecto cortoplacista terminan por instalarse provisoria o definitivamente en el país de inmigración, trayendo a sus familias.

En Francia hemos dicho que hubo un cambio fundamental de política migratoria en 1974 ; analicemos, pues, las modalidades, razones y consecuencias de ésta. Al comienzo del mandato del Presidente Giscard d’Estaing, en Julio de 1974, siendo su Primer Ministro Jacques Chirac, fue tomada la decisión de detener la inmigración, teniendo en cuenta la deterioración de la situación económica y el aumento preocupante de la cesantía. Esta medida era, sin duda, considerada como coyuntural ya que por esas fechas no se medían aún adecuadamente las transformaciones estructurales cuyos efectos se comenzaban, eso sí, a palpar. Por otra parte, el Consejo de Estado declaró inconstitucional la prohibición de reunificación familiar que se desprendía de esta medida al no permitir al cónyuge y los hijos del inmigrante venir a juntarse con él (o ella, mucho más excepcionalmente) en Francia. De tal modo que la prohibición de inmigrar sólo se hizo efectiva para la inmigración de trabajo, y al contrario aquella de tipo familiar cobró mucho más importancia. En efecto, los inmigrantes de la noria fueron más reacios a tomar la decisión de regresar a su país desde que se hizo claro que un eventual regreso a Francia les sería casi imposible, y muchos de ellos optaron por traer a sus familiares. A medida que se agotó la noria, fue reemplazada por una inmigración de instalación mucho más importante, y con ello la morfología de la inmigración se transformó, con un porcentaje de mujeres y niños más alto y, poco a poco, un envejecimiento de aquellos que no regresaron a su país. Esta evolución se hace patente si examinamos las formas respectivas de las pirámides demográficas de los franceses y de la población extranjera, digamos hacia 1960 y hoy en día. Claro está, para Francia la presencia de un grupo inmigrado numeroso no era una novedad, pero sí habían dos fenómenos un tanto diferentes con respecto al pasado : en primer lugar, ya no cabía hablar de noria y de migración de instalación, la casi totalidad de los inmigrantes eran de este último tipo; en segundo lugar, el aumento de la población extranjera (a causa de la reunificación familiar) se producía en un contexto de crisis económica y, principalmente, de fuerte aumento del desempleo. (Podemos recordar que a comienzos de los años 1970 la cesantía afectaba a unas 300 mil personas, mientras que a comienzos de los años 1990 los cesantes sobrepasaban los tres millones, tomando en cuenta nada más que a aquellos que entraban en las categorías oficiales, muy discutidas, sea dicho de paso. No olvidemos, tampoco, que el desempleo afecta más duramente a los extranjeros). Teniendo en cuenta el contexto socio-político de crisis del movimiento sindical y del Partido Comunista, que actuaron de una u otra manera como agentes de integración para un gran número de obreros inmigrados en épocas anteriores, y también la degradación del contexto residencial (crisis de los barrios populares y de los conjuntos residenciales de habitaciones de arriendo económico, HLM), las dificultades para la inserción y sobre todo la integración de los inmigrantes y sus familiares fueron mucho mayores que lo que habían sido anteriormente.

Parece oportuno a esta altura de mi exposición referirme, aunque sea brevemente, al tema de la inmigración clandestina, cuanto más sé que preocupa también a las autoridades y a la opinión pública en España, abocadas a una temática similar. La inmigración clandestina es aquella que se encuentra en situación irregular, indocumentada, en el país extranjero en el cual reside (Cuando hablamos de los indocumentados, nos referimos principalmente a su situación irregular en el país al cual llegan, sin visado de estadía larga, sin autorización de residencia ni de trabajo). Por definición, no se conoce con alguna exactitud ni el número de clandestinos, ni sus características socio-demográficas, ni muchos otros datos de los cuales se dispone con respecto al resto de la población. Ello no impide hacer algunas estimaciones, más o menos ceñidas a la realidad. Se sabe que este grupo es tan heterogéneo como el resto de la población inmigrante, una fracción de los indocumentados vive y trabaja casi normalmente, aunque tiene mayor inestabilidad y sobre todo es más vulnerable.

En Francia, durante el período de fuerte inmigración de trabajo, una proporción importante de estos inmigrantes llegaron indocumentados al país y regularizaron su situación posteriormente. A partir de 1974, esta regularización se hizo más difícil, pero han habido períodos en que se han estudiado las demandas y se ha legalizado la situación de una parte importante de esta población; esto no agota los problemas ya que, por una parte, algunos inmigrantes clandestinos no solicitan la regularización por temor a un rechazo y a la expulsión que podría acarrear éste, y por otra parte nuevos inmigrantes clandestinos alimentan este sector de la población extranjera. No obstante, es menester señalar que hay sectores económicos (por ejemplo, una parte de la pequeña industria en la confección) que emplean a esta mano de obra, barata y flexible, y que actúan, sin duda, como grupos de presión para mantener esta situación. Hasta cierto punto, podemos decir que la inmigración clandestina es inevitable pero siempre y cuando se mantenga en ciertos niveles y con posibilidades de tránsito hacia la regularización.

Con los datos antes expuestos, podemos caracterizar el período abierto en 1974, y que creo sigue vigente hoy por hoy, como una etapa de transformaciones en materia migratoria en Francia (y con más de un aspecto común con la evolución de otros países de la Unión Europea). El asentamiento en el país de la gran mayoría de los inmigrantes y la venida de los familiares de una fuerte proporción de aquéllos que se encontraban solos, la diversificación de los orígenes geográficos de esta población, la crisis del empleo que la afecta más que al resto de la población, son algunos de los datos que hay que manejar para comprender estas transformaciones. Por otra parte, hay también una diversificación de los sectores de actividad de los inmigrantes, por ejemplo con el aumento del número de pequeños comerciantes y de artesanos independientes y también, aunque en grado menor, un crecimiento del volumen de aquellos que ejercen actividades con mayor calificación (obreros y empleados, pero también profesiones intermedias). Los hijos de los inmigrantes tienen cada vez más un trayecto escolar semejante al de los autóctonos, con la salvedad que como pertenecen en su gran mayoría a las capas populares, hay que comparar sus resultados y diplomas con los de los franceses de las mismas categorías sociales.

Entre las transformaciones a que nos referimos anteriormente, cabe notar el aumento de la participación de la población inmigrante en las esferas socio-políticas y culturales. Desde hace ya unos veinte años, se ha puesto en el tapete el tema del derecho a voto de los extranjeros en las elecciones locales; este debate reviste hoy un carácter diferente, en la medida en que dicho derecho existe ya para los ciudadanos provenientes de los otros países de la Unión Europea, y que además en varios de estos países el voto de los extranjeros en este tipo de elecciones ya es una realidad, cualquiera que sea su nacionalidad. Por otra parte, extranjeros que han tomado la nacionalidad francesa e hijos de extranjeros son hoy más frecuentemente candidatos a diversos tipos de mandatos populares (principalmente, concejeros municipales). Otro aspecto es aquel de las actividades de tipo asociativo. Durante largos años, existieron frenos para las asociaciones de extranjeros en Francia, justificados aduciendo razones de seguridad nacional. En los últimos veinte años, este tipo de asociaciones ha experimentado un auge notorio y cumple un rol nada despreciable en el recorrido de inserción y de integración de las poblaciones migrantes (Matas y Pfefferkorn; 2000: 67-75). Si bien la diversidad de estas asociaciones y de sus fundamentos ideológicos exigen cautela para analizar sus efectos, de un modo global podemos decir que llenan un espacio importante y constituyen un elemento que no puede ser dejado de lado para estudiar estos fenómenos.

Violencia y desordenes urbanos: ¿en qué constituyen una novedad?

Desde hace ya algún tiempo, el tema de la inseguridad se ha apoderado de una parte nada despreciable del debate público, y las elecciones presidenciales en Francia confirmaron la importancia crucial que esta cuestión reviste, más allá de la tradicional separación derecha/izquierda, para una mayoría de la población. Creo necesario relativizar la idea según la cual vivimos en sociedades cada vez más violentas, sin negar que hay algunas indicaciones de este fenómeno que hay que tomar muy en serio y que es preciso concebir políticas que combinen la represión de la delincuencia y la prevención de las conductas asociales.

En primer lugar, creo necesario recordar el análisis de Norbert Elias, respecto a la disminución de nuestra capacidad de tolerancia con respecto a la violencia, característica que acompaña al proceso de civilización y a una disminución de los niveles de violencia en las sociedades que experimentan este proceso, el que se traduce en una modificación de nuestra sensibilidad (Elias; 1973 y 1975). Esto se refleja en la actitud frente, por ejemplo, a los castigos corporales que los niños recibían tanto en el ámbito familiar como en los recintos escolares (“la letra con sangre entra”), el maltrato de las mujeres por parte de sus maridos o, en un plano diferente, el rechazo a la tortura o a la pena de muerte. Esto no significa, claro, que dichas desventuras hayan dejado de existir pero sí que han perdido su legitimidad y son consideradas, unas más otras menos, como conductas socialmente reprobadas. No debe, pues, extrañarnos que la violencia y las incivilidades que se manifiestan en la esfera pública provoquen un rechazo y un sentimiento de inseguridad.

No se trata, aquí, de negar que en los últimos años se haya producido un aumento de los fenómenos de violencia y de desorden en nuestras sociedades. Pero hay que tener en cuenta algunos elementos que relativizan esta afirmación. En efecto, por una parte el aumento del volumen de información que manejamos es cada vez mayor, y la televisión lleva hasta cada hogar imágenes espectaculares de hechos que pueden desarrollarse en cualquier parte del país (o del mundo) pero que cobran proximidad a través de la pantalla; de la misma manera, la denuncia por parte de las víctimas de hechos como violaciones, maltratos u otros atropellos es más frecuente (probablemente porque existe menos sentimiento de vergüenza y de culpabilidad por parte de aquellas personas), y es registrada más eficazmente por las instituciones, que cuentan con medios como la informática para entregar estadísticas de manera simple y más confiable. Asimismo, en una sociedad de consumo de masas las tentaciones son mayores, se es alguien a través de los elementos de prestigio social que se ostentan, y los artículos tentadores son más numerosos: no se podía robar un teléfono celular antes de que éste existiera…

Según Denis Salas, nos encontramos hoy enfrentados a un nuevo tipo de violencia juvenil, relacionado con los cambios de mentalidades y modos de vida. A la dualidad tradicional de la violencia de iniciación, ligada a la adolescencia, y de la delincuencia patológica, se agrega hoy -y cobra cada vez más importancia- una delincuencia de exclusión. Añade:

 “Para [los] jóvenes de la segunda generación del desempleo, quienes han conocido sólo adultos no insertos, la ausencia total de figuras de identificación no ofrece ningún punto de apoyo. A menudo, se les hace avanzar de curso por la edad, cuando no dominan los conocimientos escolares de la escuela primaria, lo que los instala en una lógica de repetición del fracaso. El hecho nuevo está ahí: esta delincuencia no es ni de iniciación ni patológica, sino generalizada a una categoría de edad y territorializada” (Salas; 1997).

Por cierto, aquí se encuentra una clave del problema al cual se encuentran abocadas las sociedades avanzadas hoy: cómo superar una situación cuyas raíces están ligadas a la evolución socio-económica y cultural, originada por las opciones materiales e ideológicas que han prevalecido, consciente o inconscientemente.

En efecto, hemos transitado por un período paradojal, de dificultades y precariedad económica para muchos y de dinero fácil, de ostentación y de consumismo desenfrenado para otros. Los yuppies simbolizan el éxito de un materialismo sin tapujos, los artistas y los deportistas más reputados ganan sumas astronómicas, las vitrinas de las grandes ciudades exhiben artículos de consumo fuera del alcance del común de los mortales, la televisión muestra y banaliza sueños dorados made in Hollywood, mientras la cotidianidad de una parte creciente de la población está constituida por la incertidumbre y la estrechez ¿Qué mensaje y qué valores puede entonces transmitir la sociedad a la juventud de las clases populares? Si agregamos a esto la disociación familiar que es más frecuente que en el pasado, la heterogeneidad cultural y el alto nivel de desempleo, nos encontramos con los ingredientes de una situación explosiva. Los elementos que mencionamos no son exhaustivos y tampoco podemos aquí desarrollarlos, sin embargo parece indispensable mencionarlos para comprender la génesis de la situación actual. Impulsar políticas para prevenir y canalizar las manifestaciones de violencia implica un diagnóstico lúcido de las causas que han incrementado y modificado estos fenómenos.

Junto a los elementos aquí descritos, es importante agregar que ciertas instituciones tradicionalmente implicadas en los procesos de socialización conocen hoy dificultades objetivas para cumplir ese papel. Las iglesias, y de manera muy especial la Iglesia Católica, cuya influencia en la sociedad francesa era importante incluso teniendo en cuenta el carácter laico de ésta, se encuentran enfrentadas a la vez a una práctica religiosa menguante y al cuestionamiento de su autoridad para dictar conductas que son consideradas como personales hasta por una fracción importante de creyentes. La escuela (en el sentido genérico de la palabra) ha perdido, con el proceso de masificación y de aumento del período en que transitan por ella las jóvenes generaciones, el prestigio y el carácter solemne que tenía y que compartía con sus figuras emblemáticas, los maestros. La disciplina necesaria para la existencia misma de la comunidad escolar es cada vez más cuestionada por los jóvenes, y hasta por los niños, a menudo acostumbrados a un trato más igualitario en el seno de sus hogares.

¿Por qué se relaciona a la inmigración con los desordenes urbanos?

Según Abdelhafid Hammouche,

“Las ciudades ven (…) su función evolucionar como colectividad y cultivan su imagen, pero al mismo tiempo la representación de un trasfondo “caótico” encarnado por el suburbio contiene las derivas sociales que se le reprocha en general al espacio urbano. El repliegue sobre si mismo y todo lo que se relaciona con el individualismo, las movilidades sociales diferenciadas según las categorías sociales y las tentativas, raras veces coronadas de éxito, de favorecer la “mixidad social”, y muchas otras “derivas”, son interpretadas como efectos negativos de las dinámicas urbanas contemporáneas. La ciudad ya no es presentada como el lugar de las “liberaciones” sino más bien como el del “cautiverio” y de la “inseguridad”. En algunos decenios, el espacio urbano ya no es entendido (o mucho menos) como el del advenimiento del individuo, desprendido de los “grupos” de pertenencia, y así plenamente ciudadano, sino como un espacio en el cual anclarse es problemático (en la esfera privada con una familia “incierta”, en la esfera pública donde la identidad social aparece como más frágil). (…) Globalmente, [la] cuestión de la inmigración sufre de una crispación, y esto tanto más que la multiplicación y la intensificación de los intercambios –en el sentido amplio de la palabra, pero sería más justo hablar de intercambios orientados más bien que de “mundialización”- modifican la percepción de la identidad nacional y de la función del Estado-Nación. (…) En el cruce de ambas “entradas” (la ciudad y la inmigración), los barrios llamados sensibles juegan un papel de analizador, sin duda menos por lo que concierne a la inmigración que respecto de los cimientos del espacio político que constituyen el territorio y la identidad cultural,” (Hammouche; 1999. 18-19).

El análisis de Hammouche se encuentra ratificado por nuestra experiencia de estudio de la problemática de la integración de poblaciones de origen extranjero en la sociedad francesa. El lugar más crucial es, probablemente, el barrio o el pueblo en que se reside, y éste es en la mayoría de los casos uno de esos barrios suburbanos “sensibles” a los cuales ya nos hemos referido. La cohabitación de poblaciones de origen heterogéneo, a menudo enfrentadas a problemas económicos y sociales importantes, conlleva una conflictualidad (latente o abierta) que no es, sin duda, una fatalidad pero sí una realidad engendrada por factores socio-culturales a los que no es fácil poner atajo. Nuestras sociedades están enfrentadas a un cambio rápido de sus estructuras y modos de vida, la precariedad y la incertidumbre no son ya propios únicamente de los sectores desposeídos pero sí es en ellos que reinan con más vigor. El inmigrante (y su descendencia) puede cumplir el papel de chivo expiatorio, y sus “extrañas” costumbres, su apariencia física o su falta de destreza frente a la vida cotidiana de un universo que no le es familiar, pueden ser tantas más razones de desarrollar conductas hostiles y hasta segregativas hacia él.

Más allá de estos aspectos explicativos, existe igualmente otro nivel de comprensión de la relación que aquí analizamos. En efecto, diversos estudios han hecho hincapié en que las estadísticas policiales y judiciales muestran una representación de la población extranjera, en lo que atañe a crímenes y delitos, mayor a la proporción de esta población en la sociedad global. Empero, es necesario relativizar esta afirmación, como lo muestra de manera convincente Laurent Mucchielli:

“Desde hace unos quince años, hay efectivamente alrededor de 30% de extranjeros en las cárceles francesas, pero, en más de 90% de los casos, se trata de individuos puestos en detención preventiva por infracción a la policía de extranjería. La importancia de los extranjeros en prisión refleja pues, simplemente, los efectos de la represión de la inmigración clandestina. Esas personas se encuentran allí porque entraron irregularmente al territorio nacional y no porque hayan cometido actos de delincuencia. (…) En 1999, habiendo descartado las infracciones a la policía de extranjería, [los extranjeros] representaban sólo 13% de las personas involucradas por los servicios de policía y de gendarmería tras sus encuestas. Según las mismas estadísticas policiales, la delincuencia de los extranjeros experimenta una tendencia a bajar. Ha disminuido en los últimos diez años en todas las categorías de infracciones. Por fin, última constatación, esta parte de los extranjeros en el conjunto de las personas involucradas por la policía es sobre todo significativa en dos categorías de infracciones : las infracciones graves que conllevan tráficos internacionales (tráfico de drogas, proxenetismo) y en las cuales, por definición, encontramos muchos extranjeros ; las infracciones leves, ligadas a la pobreza y que se constatan en los lugares públicos (robos “de tiro”, hurtos),” (Mucchiell; 2001).

En efecto, podemos preguntarnos cuáles son las razones de la focalización sobre los extranjeros en temas como la inseguridad o la delincuencia, y algunas de ellas tienen que ver con su condición misma de foráneos, es decir de extraños en todos los sentidos de la palabra, con su visibilidad (características físicas, idiomáticas, vestimentarias, etc.), con la vulnerabilidad que caracteriza a muchos de ellos. La desigualdad de oportunidades y niveles de vida existente entre países alimenta un fenómeno migratorio hacia los más prósperos y nada permite entrever una modificación radical de esta situación en un futuro cercano. Al contrario, las dificultades persistentes del continente africano y la difícil transición de los países del ex-bloque soviético constituyen elementos estructurales de desequilibrio, por lo menos a corto y mediano plazo.

Como ya lo afirmamos anteriormente, hay que distinguir la población extranjera de aquella llamada “de segunda generación”, o también “de origen extranjero”. Tratándose aquí de Francia, cabe recordar que la casi totalidad de los jóvenes nacidos en ese país son (o serán) franceses en el momento de alcanzar su mayoría de edad. Sin embargo, esto no implica que las dificultades a las cuales se encuentran enfrentados sus grupos familiares (alto nivel de desempleo, baja calificación, precariedad habitacional, prejuicios, etc.) van a desaparecer para ellos como por encanto. Ahora bien, lo que muchos inmigrantes soportaron estoicamente por su escasa familiaridad con la sociedad francesa, sus hijos lo rechazan ya que forman parte de ésta, lo que es a la vez un indicador de su integración y un factor de conflictualidad posible. Ante conductas discriminantes de las cuales se sienten víctimas, surgen respuestas que pueden conducir a algunos a situaciones y actitudes de marginalidad. Así es como encontramos un sentimiento de rebelión, que es compartido por muchos jóvenes de origen extranjero, aunque es necesario no generalizar este análisis con demasiada prisa ya que este malestar ni es de toda esta juventud ni está ausente en una parte de la población de jóvenes autóctonos.

El difícil y necesario desafío de vivir juntos

En primer lugar, una explicación. El título de este capítulo se refiere explícitamente al libro de Alain Touraine (1997), que inspira buena parte de estas reflexiones. Este autor nos dice, en efecto :

“es verdad que vivimos un poco juntos en todo el planeta, pero también es cierto que en todas partes se refuerzan y se multiplican los grupos identitarios, las asociaciones fundadas en una afiliación común, las sectas, los cultos, los nacionalismos; las sociedades vuelven a ser comunidades que reúnen estrechamente en un mismo territorio sociedad, cultura y poder bajo una autoridad religiosa, cultural, étnica o política que podríamos llamar carismática, ya que no encuentra su legitimidad en la soberanía popular, la eficacia económica o incluso la conquista militar, sino en los dioses, los mitos o las tradiciones de una comunidad. Cuando estamos todos juntos, no tenemos casi nada en común, y cuando compartimos creencias e historia rechazamos a aquellos que son diferentes de nosotros. (…) Quienes estamos acostumbrados desde hace mucho tiempo a vivir en sociedades diversificadas, tolerantes, en las cuales las libertades personales están garantizadas por la ley, nos sentimos más atraídos por la sociedad de masa que por las comunidades, siempre autoritarias. Pero el retorno masivo de las comunidades también se observa en nuestras sociedades, y lo que llamamos prudentemente las minorías tienden a afirmar su identidad y a reducir sus relaciones con el resto de la sociedad. (…) Sólo podemos vivir juntos, es decir combinar la unidad de una sociedad con la diversidad de las personalidades y de las culturas, si colocamos la idea de Sujeto personal en el centro de nuestra reflexión y de nuestra acción. El sueño de someter a todos los individuos a las mismas leyes universales de la razón, de la religión o de la historia siempre se ha transformado en pesadilla, en instrumento de dominación; renunciar a todo principio de unidad, aceptar las diferencias sin límites, conduce a la segregación o a la guerra civil. Para sortear este dilema, este libro describe al Sujeto como combinación de una identidad personal y de una cultura particular con la participación a un mundo racionalizado, y como afirmación, por este mismo trabajo, de su libertad y de su responsabilidad. Sólo este enfoque permite explicar como podemos vivir juntos, iguales y diferentes” (Touraine; 1997).

Al referirme al desafío del indispensable vivir juntos, me parece insoslayable tener como horizonte esta construcción del Sujeto en la doble dimensión que nos indica Touraine.

Nuestras sociedades se encuentran, de cierto modo, en una encrucijada. La cuestión de la integración de la población de origen extranjero es un revelador de la forma de convivencia que queremos organizar para enfrentar los nuevos retos del siglo que comienza, y va más allá de un problema que sólo interesaría a una minoría de los habitantes de cada país en la Unión Europea. En nuestras sociedades, existe una evolución con respecto a la afirmación mucho más categórica, por parte de individuos y grupos, de los derechos que reivindican, y esto parece positivo. Sin embargo, se llega a “olvidar” que los derechos tienen como indispensable apéndice deberes, cuyo cumplimiento es indispensable para la afirmación legítima de aquellos derechos. Esta situación no es específica de los grupos inmigrantes ni de su descendencia, pero tampoco están éstos exentos de tal tendencia a disociar derechos y deberes. Es menester llevar a cabo una labor educativa al respecto con todos aquellos que puedan vulnerar de esta manera las reglas de la vida social, y también hacer respetar el imperio de la ley. La prevención y la educación sólo tienen eficacia si existe una represión justa y proporcionada a los hechos y las conductas delictuales que se reprimen. Dado los problemas de convivencia social con los cuales nos encontramos hoy enfrentados, no se puede elaborar una respuesta que le dé las espaldas a la realidad. Es urgente actuar, en los diversos niveles ya citados, para superar los problemas de nueva índole que obstaculizan los procesos de integración. Una de las vías que debemos explorar es el trabajo con el mundo asociativo, y principalmente con aquel de origen extranjero, presente en los barrios y ciudades donde la población inmigrante es más numerosa (Matas y Pfefferkorn; 2002a: 81-108). Junto a ello, la lucha contra la impunidad de los actos anti-sociales y (a otro nivel) contra las conductas inciviles, es el indispensable complemento de la opción democrática e integrativa.

Es ingenuo creer que la población inmigrante y de origen extranjero es contraria a la aplicación de un tipo de medidas que resguarde el orden público y la seguridad. Las primeras víctimas de la minoría delincuente que actúa en los barrios periféricos donde esta población es más numerosa, son las personas más vulnerables que viven allí, la tercera edad, las familias más desprotegidas, etc. Gran parte de los inmigrantes y de la “segunda generación” pide luchar contra los traficantes, los delincuentes y las pandillas que siembran la desazón. En una entrevista publicada por Le Monde el 13 de Junio de este año, Malek Boutih, presidente de la emblemática asociación SOS-Racisme, dice :

“Los bárbaros de los barrios, no hay que seguir tergiversando, hay que darles con todo, golpear fuerte, vencerlos, retomar el control de los territorios que les han sido abandonados por políticos en busca de tranquilidad”.

Ese discurso es el de la exasperación ante la deterioración cada vez mayor de la situación en algunos sectores. Obtener el apoyo de esta parte de la ciudadanía implica, eso sí, reprimir drásticamente las conductas racistas de parte de todos los agentes del Estado, luchar contra la visión simplista que hace de un extranjero (sobre todo si es de piel morena) un sospechoso y hasta un delincuente, en resumidas cuentas luchar por un respeto mutuo, que es una de las bases del vivir juntos. Dar la respuesta apropiada a estas cuestiones tiene una importancia de primer plano para construir sociedades democráticas y solidarias en el siglo que comienza.

 

Bibliografía 

Elias, Norbert. La civilisation des mœurs, Calmann-Lévy éd.; París, 1973.

--- La dynamique de l’Occident, Calmann-Lévy éd; París, 1975.

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Matas, J. Les jeunes issus de l’immigration, entre intégration et assimilation, Revue des Sciences Sociales de la France de l’Est, n° 18; Strasbourg, 1990/91.

Matas, J y Pfefferkorn, R. Le rôle des associations issues de l’immigration, Migrations Société, vol. 12, n° 72; Paris, 2000.

--- La participation des associations issues de l’immigration à la vie sociale locale, Avancées (collection de la Maison des Sciences de l’Homme de Strasbourg), n° 5; Strasbourg, 2000a.

Mucchielli, L. Violences et insécurité. Fantasmes et réalités dans le débat français, Ed. La Découverte; Paris, 2001.

Noiriel, G. Le creuset français. Histoire de l’immigration XIXe, XXe siècles, Ed. du Seuil; Paris. 1988.

Salas, D. La délinquance d’exclusion, Les Cahiers de la sécurité intérieure, IHESI - La documentation Française, n° 29, 3e trimestre; París, 1997.

Touraine, A. Pourrons-nous vivre ensemble? Egaux et différents, Fayard éd; Paris, 1997.

 

Notas

* Sociológo. Universidad de Marc Bloch - Estrasburgo. Correo electrónico: matas@unm.u-strasbg.fr.